
Cada día que pasa tengo más dudas sobre la cobertura que los periodistas y los medios estamos haciendo sobre la pandemia de Gripe H1N1. O gripe a secas, porque ya desplazó a la gripe estacional.
A propósito, ¿alguien sabe cómo se llama el virus de la gripe estacional? ¿Y cuántos de nosotros la padecimos el año pasado? ¿Alguien recuerda algún titular sobre cuántos casos de gripe se registraron en la jornada? ¿Y algún móvil en vivo informando sobre una persona con gripe muerta en el Hospital Maciel o el departamento de Flores?
Mientras laboratorios, farmacias y fabricantes de alcohol en gel hacen tintinear su caja registradora, la farándula local se agiganta con la aparición de virólogos, infectólogos y voceros de las emergencias móviles que nos dicen lo que ya sabíamos sobre la prevención y el tratamiento de la gripe. Por ahora, la cepa H1N1 se ha portado como una dama: al igual que su parienta plebeya no deja secuelas y su mortalidad es sensiblemente inferior. Salvo porque su expansión es más rápida y todavía se muestra activa en el verano boreal, nada hay en su comportamiento que la amerite tanta bulla.
Los periodistas decimos la verdad cuando informamos sobre contagio, expansión y mortalidad del nuevo virus. Sin embargo, no mentir es sólo uno de nuestros mandamientos deontológicos. Otros tienen que ver con el sentido de proporcionalidad entre el destaque y duración de la noticia y la gravedad del hecho que se informa o la provisión del background estadístico que permita al público dimensionar la situación. Cuando omitimos estos deberes, estamos difundiendo una versión distorsionada de la realidad e inducimos al público a tomar decisiones equivocadas.
Tomado del artículo titulado "Pandemia informativa" por Gerardo Sotelo. "El País", 14-07-2009.